TÚ EN EL AIRE

He cerrado las ventanas de mis recuerdos
para que no se renueve el aire

Quiero seguir respirando
de rincón en rincón,
de esquina en esquina
lo que de ti queda;
porque sé que aún estás ahí.

Y temo descubrir
qué te he respirado del todo,
qué la siguiente bocanada
no satisfará mi alma
y quedarme boqueando
cual pez sin agua.

Por eso, no quiero llegar al fondo
del mar de recuerdos
dónde pueda consumir
lo que de ti aún queda
en el aire.

Prefiero respirarte un poquito,
poquito a poco
para que no se consuman
esas esencias tuyas
que contiene el céfiro.

Y así, seguirás junto a mí.

De “POEMAS DE MEMORIA”

Matías Chacón

Diez perritos

 

Los dedos de mis manos aún recuerdan los viajes por tu piel; como enredaban tu vello púbico con caricias circulares mientras dormías; ¿el premio? una sonrisa en tu cara que parecía decirme: “sigue, no pares, me estás elevando”

Diez perritos yo tenía,
uno no come ni bebe,
ya no quedan más que nueve.

Nueve días y nueve noches es la medida del tiempo que separa el cielo del infierno; desde el infierno de mis desdichas al cielo de tu fragancia. Necesito inhalarte; necesito llenarme del aire de tu cuerpo y fundirlo en el mío en una comunión eterna.

De los nueve que quedaban
uno se comió un bizcocho,
ya no quedan más que ocho

Tumbado junto a ti, me ocurre lo que al ocho; me convierto en infinito;  si extiendo mi mano y encuentro la tuya, cabalgamos juntos; y así, de la mano, llegamos a ese lugar donde nada ni nadie puede separarnos.

De los ocho que quedaban,
uno se marchó a Albacete,
ya no quedan más que siete

Un inolvidable viaje de fin de semana hizo que este número quedara anclado permanentemente en mi recuerdo. Siete abrazos dentro de ti. ¡Qué pasión y que ardor!

De los siete que quedaron,
uno fue a servir al rey,
ya no quedan más que seis

Cinco dicen que tenemos; yo, presumo de seis. ¿El sexto?:  la conjunción del resto cuando hacemos el amor. Verte, oírte, tocarte, olerte, saborearte; todo en un mismo instante produce el milagro de uno nuevo.

De los seis que quedaban,
uno se mató de un brinco,
ya no quedan más que cinco

Tus risas son mi alegría; tus necesidades, mi acicate; tus ojos, mis ventanas; tus miedos, mis batallas y tu felicidad, la mía: cinco lados en el mismo espacio.

De los cinco que tenía,
uno se marchó al teatro,
ya no quedan más que cuatro.

Formar un cuatro perfecto pegadito al tuyo; abrazarte; las manos libres para acariciarte y notar cómo buscas sentirme, ¡qué sensación de paz!

De los cuatro que quedaban,
a uno lo cogió el expres,
ya no quedan más que tres

Nuestra complicidad en la ducha, mirarte a los ojos mientras comemos o caminar detrás de ti, tres exclusivas razones para quererte.

De los tres que quedaron,
uno se murió de tos,
ya no quedan más que dos.

De colores infinitos son los dos; y solo cambian para mí.

Para dos que me quedaban,
uno se marchó el muy tuno,
ya no queda más que uno.

Uno entre los muchos: aquél, en el que sentados uno frente al otro y sin espacio entre ambos, nos fundimos.

Y para uno que tenía,
ese se marchó a los cerros,
se me acabaron los perros,

La nada existe; es: estar sin ti.

 

Fátima


No soy católico, pero conozco sus ritos y celebraciones.
Hoy hemos decidido visitar Fátima, -ya sabéis, dónde los tres pastorcillos en Portugal- y no he podido evitar emocionarme.
Hay un sendero de baldosas por donde caminan de rodillas, hasta llegar al Santuario, los peregrinos que quieren cumplir alguna promesa. Han pasado varios, todos jóvenes; algunos con protecciones, otros sin ellas. Mujeres y hombres que agradecen la intervención de la Virgen en la solución de problemas propios o de personas cercanas.
Los miro con respeto pero a la vez con cierta condescendencia. Y entonces, la he visto. Era la última. No parecía una peregrina; pero lo era. De edad avanzada y buena presencia. Venía andando despacio, rezando el Rosario,  llevando en sus brazos una niña de unos diez años. “Mucho peso para su edad”, he pensado. Y se me ha ocurrido que tal vez, la chica no pueda andar o, si lo hace, la promesa fue portarla hasta la virgen en brazos.
No lo sé ni lo sabré nunca porque en ese momento me he puesto a llorar. Pocas lágrimas pero profundas. 
¿Qué ha sido lo que ha provocado el silencioso llanto? No tengo certeza. Tal vez, al encontrarme de frente con la profunda fe que esa señora mostraba en su lento pero firme andar, me ha hecho recordar los años en los que yo también creía que la fe mueve montañas.

El caso es que la visita a Fátima, me ha emocionado.

Manolo el insignificante


Cuando Manolo nació, la comadrona pensó: “qué cosa más pequeña” y enseguida lo tuvo que dejar porque se dió cuenta de que otro niño venía detrás y parecía que con dificultades. Así que, allí se quedó Manolo, encima de una mesa y abandonado; no sabía si echarse a llorar por la falta de atención o dedicarse a escrutar el mundo al que había llegado. Decidió hacer esto último. Y eso le marcó para toda su vida.

El día que bautizaron a los dos mellizos, el cura no puso agua bendita en la cabeza de Manolín, ya le llamaban así, solo la vertió en la de su hermano; a él únicamente le llegaron las salpicaduras del generoso chorro que el sacerdote depositó en la testa de su parejo. Así que Manolo no supo si estaba debidamente “cristianado” o no. Él se dedicó a observar la pila bautismal y el reflejo en el agua consagrada de las caritas de dos bebés. Pensó que la más oronda y sonrosada sería la de su hermano; la de al lado, insignificante, supo que era la suya, era la única de todo el entorno que le sonreía.

Más tarde, en el colegio, nunca consiguió ser uno de los que echaban “a pies” para elegir al equipo y además, siempre era el último en ser elegido. sabía que quedando dos en el reparto, el último nombre que se pronunciaría sería el suyo: “Venga, vale, para mí Manolín”.

Siendo ya mozalbete salía del baile con todos los amigos, estos, contaban con cuántas chicas habían bailado y como se habían pegado a ellas, Manolín escuchaba sonriente y hacia suyos los triunfos de todos ellos. Nunca consiguió que ninguna de las féminas bailará con él.

Así que, cuando conduciendo su coche se dió cuenta de que circulando por una rotonda, todos los demás conductores de su derecha le cedían el paso, se sintió importante. Y comenzó a buscar las rotondas más grandes y concurridas. 

Había algunas en las que daba dos y hasta tres vueltas completas. Disfrutaba viendo como todos se paraban ante él cuando le veían acercarse.

Si llegaba a una especialmente atascada sacaba el codo izquierdo por la ventanilla y conducía sujetando con esa mano el volante y con la mirada  al frente, impertérrito, utilizaba la derecha, escondida, para saludar a los que esperaban a que él pasara para poder incorporarse al tráfico. En esas daba tres vueltas completas antes de abandonarlas.

Desarrolló habilidades y aprendió a conocer cuáles eran las rotondas por las que circulaban los conductores con los coches más lujosos. Los sábados se iba a La Moraleja y los domingos a La Finca.

Algunos días iba a “darse importancia” a las que hay en la carretera de El Pardo. Colocaba un gran trapo en el techo del coche y lo sujetaba atrapando los bordes con los cristales subidos. Ahí sí que disfrutaba; se convertía en importante y bajo palio. Le recordaba a alguien. Eran las únicas rotondas en donde mostraba la mano del saludo. La levantaba por encima del salpicadero moviéndola de un lado a otro como si limpiará el parabrisas por dentro. La mirada seguía al frente, ignorando a los conductores que esperaban a que Manolín pasara.

En fin, os cuento esto por que me parece que, cuando llego a algunas rotondas, hay muchos Manolos circulando dentro de ellas. Trato de descubrirlos y cuando veo a alguno con el codo fuera en la ventanilla me digo: “Ahí va Manolín”. Y sonrío imaginando el movimiento de vaivén de su mano derecha a la altura de la palanca de cambio.

Matías Chacón

Verano 2019

De mal en mejor


-Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida.
-Hace una semana que no me confieso.
-Muy bien hijo. Continua
-Me acuso de haber pecado contra el cuarto mandamiento.
-¿Qué ha pasado Juan?
-Pues que he desobedecido a mi madre.
-¿Qué has hecho?
-Pues nada, que me dijo que fuera a por “guevos” a la tienda del tío Rozalén y yo le dije que no iba, que mandara a Tomasito.
-¿Y qué hizo tu madre?
-Pues quitarse la zapatilla y venir a darme con ella en el culo.
-Claro, te pegó y con razón.
-No, no me pegó.
-Se arrepintió. Que buena madre tienes.
-No, es que corro más que ella.
-Hombre Juanito, además de desobediente, incorregible. ¿Sabes que eso no se hace?
-Es que si no salgo corriendo me pone el culo como un tomate.
-No, no digo lo de correr; bueno, sí, eso también. Corregirte es una tarea de los que te hemos de educar. Me refiero a lo de desobedecer a tu madre. Para la Santa Madre Iglesia es uno de los peores pecados que una persona puede cometer… Veamos, ¿qué más tienes que confesar?
-También he pecado contra el sexto mandamiento.
-Hombre Juanito. ¿Cuando has hecho la Primera Comunión?
-El año pasado.
-¿Y qué has hecho para pecar contra el sexto?
-Pues fue… la otra noche. Estábamos jugando al escondite, y yo y la Eloísa nos escondimos juntos,
-Hombre, será Eloisa y yo.
-Usted no estaba Don Miguel.
-Sigue, sigue y no me corrijas.
-Pues entonces, como Paco, el que la llevaba, no nos encontraba, pués le dije a la Eloisa que para entretenernos, que si me lo enseñaba, pues que yo también se la enseñaba.
-Si te enseñaba, ¿el qué?
-Pues eso.
-¿El qué?
-El…, el “chucho”.
-¡Pero Juanito! ¿Y te lo enseñó?
-Sí, bueno, no. Se levantó la falda y me enseñó las bragas.
-¿Y tú, qué hiciste?
-Pues le dije que así no valía. Que las bragas ya se las había visto un montón de veces cuando jugábamos.
-¿Y qué más pasó?
-Me dijo que se la tenía que enseñar yo antes.
-¿Y…?
-Me desabroché un botón y me la saqué un poquito.
-¿Qué más?
-Pues que la miró y me la tocó con un dedo y dijo: “¡que dura!”
-Sigue hijo, sigue. ¿qué hiciste tú?
-Pués le quite la mano y le dije que o me enseñaba su “chucho” o me tapaba.
-¿Y qué hizo Eloisa?
-Pues se sujetó el borde de la falda con los dientes y se bajó las bragas.
-Sigue.
-Pues ya no hay más.
-¿Y eso?
-Pues que vimos llegar a Paco y salimos corriendo.
-Muy grave hijo mío, un pecado muy grave. Menos mal que el Ángel de la Guarda te ha evitado un pecado aún mayor. ¿Has acabado?, porque me imagino que habrás acabado, no se pueden cometer más pecados en una semana…
-Pues no, tengo otro.
-¿Otro que?
-Otro pecado… y peor
-Veamos Juanito, peor que el anterior no puede ser.
-Que sí, que es peor.
-Dime
-Me acuso de haber pecado contra el séptimo mandamiento de la Ley de Dios.
-¿Qué ha pasado?
-Pues qué he robado cincuenta pesetas.
-Hombre, eso no se hace. Pero como te digo, no es tan grave como el anterior. Cuéntame cómo ha sido.
-Pues fue el domingo pasado. Cuando terminé de pasar el cestillo en misa vi que alguien había echado un billete de cincuenta pesetas, lo cogí y me lo guardé.
-¡Juan, por Dios. Eso es un dineral! ¿Y qué has hecho con el billete?
-Me lo he gastado donde la tía “Manquilla”.
-¡Mortal, Juan, ese es un pecado mortal!
-¿Ve?, ya le decía yo que era peor.
-¡CALLA, CALLA!, ¿¡Te quedan más pecados!?
-Pues no, ya he acabado.
-¡Eres peor que el maligno! Reza, ¡DE RODILLAS!, diez Padrenuestros, veinte Avemarías, diez Glorias, un Credo y una Salve… Y aunque me cuesta:.. “Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine patris et filii et spiritus sancti”
-Amén

Juliana, la tía “Manquilla” para todo el pueblo, tenía un puesto de chochos, caramelos y cromos que ponía todas las tardes entre la puerta de la iglesia y el Ayuntamiento. También vendía cigarrillos de uno en uno; a los más mozalbetes, a escondidas para que los padres, o algún familiar de estos, no se enteraran de que fumaban.
El mote le venía de un impedimento que tenía en la mano izquierda; no la podía mover con normalidad. Al parecer se había dado un tajo con una hoz segando.
Vestía totalmente de negro y llevaba un  descolorido pañuelo del mismo tono en la cabeza. Nunca la habíamos visto con ropas de otro color.  
Se había quedado viuda y con un hijo siendo muy joven. Ahora debía tener unos setenta años y vivía sola. Su hijo la había abandonado hacía mucho tiempo. Se ganaba pobremente la vida con el puestecito que cada día arrastraba, con mucha dificultad, desde su casa en el arrabal hasta la plaza. Cuando de tarde en tarde, teníamos alguna moneda para gastar, esta acababa, indefectiblemente,  en la faltriquera de la tía “Manquilla”.
Hasta el puesto de caramelos llegó el cura cuando terminó las confesiones.
-Buenas tardes Juliana.
-¿Qué se le ofrece señor cura?
-Pues verá usted. No sé por dónde empezar.
-No se preocupe “usté”, que yo sé lo que viene buscando. Tenga, sus cincuenta pesetas.
-¿Cómo lo sabía?
-Pues porque una ya es vieja y de vieja sabia como el diablo, ¡uy!, “usté” perdone. Y yo sabía que este billete no era de Juanito y que en algún momento alguien vendría a buscarlo. Así que lo guardé y aquí está. Me imagino que lo habrá cogido del cepillo y que será de la iglesia, bueno…  suyo. Tenga, cójalo.
-Perdone usted Juliana. Este Juanito es incorregible, mal camino lleva.
-No señor cura. Está “usté equivocao”. No le regañe. Lo suyo ha sido una buena acción.
-Hija, no es ninguna buena acción robar,
-Depende. ¿Sabe lo que dijo cuando me dio el billete?
-Me lo imagino: “Deme usted cincuenta pesetas de caramelos”.
-No, sus palabras fueron: “Aquí tiene “usté” tia”Manquilla”, cincuenta pesetas. Así podrá quedarse en su casa este invierno y no venir aquí a pasar frío a la plaza”. Ni un caramelo pidió.

Arrodillado, delante del altar, Miguel, el cura, en silencio rezaba: “Padre nuestro que estás en los cielos…”  tenía por delante diez Padrenuestros, veinte Avemarías, diez Glorias, un Credo y una Salve.

Matías Chacón