De mal en mejor


-Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida.
-Hace una semana que no me confieso.
-Muy bien hijo. Continua
-Me acuso de haber pecado contra el cuarto mandamiento.
-¿Qué ha pasado Juan?
-Pues que he desobedecido a mi madre.
-¿Qué has hecho?
-Pues nada, que me dijo que fuera a por “guevos” a la tienda del tío Rozalén y yo le dije que no iba, que mandara a Tomasito.
-¿Y qué hizo tu madre?
-Pues quitarse la zapatilla y venir a darme con ella en el culo.
-Claro, te pegó y con razón.
-No, no me pegó.
-Se arrepintió. Que buena madre tienes.
-No, es que corro más que ella.
-Hombre Juanito, además de desobediente, incorregible. ¿Sabes que eso no se hace?
-Es que si no salgo corriendo me pone el culo como un tomate.
-No, no digo lo de correr; bueno, sí, eso también. Corregirte es una tarea de los que te hemos de educar. Me refiero a lo de desobedecer a tu madre. Para la Santa Madre Iglesia es uno de los peores pecados que una persona puede cometer… Veamos, ¿qué más tienes que confesar?
-También he pecado contra el sexto mandamiento.
-Hombre Juanito. ¿Cuando has hecho la Primera Comunión?
-El año pasado.
-¿Y qué has hecho para pecar contra el sexto?
-Pues fue… la otra noche. Estábamos jugando al escondite, y yo y la Eloísa nos escondimos juntos,
-Hombre, será Eloisa y yo.
-Usted no estaba Don Miguel.
-Sigue, sigue y no me corrijas.
-Pues entonces, como Paco, el que la llevaba, no nos encontraba, pués le dije a la Eloisa que para entretenernos, que si me lo enseñaba, pues que yo también se la enseñaba.
-Si te enseñaba, ¿el qué?
-Pues eso.
-¿El qué?
-El…, el “chucho”.
-¡Pero Juanito! ¿Y te lo enseñó?
-Sí, bueno, no. Se levantó la falda y me enseñó las bragas.
-¿Y tú, qué hiciste?
-Pues le dije que así no valía. Que las bragas ya se las había visto un montón de veces cuando jugábamos.
-¿Y qué más pasó?
-Me dijo que se la tenía que enseñar yo antes.
-¿Y…?
-Me desabroché un botón y me la saqué un poquito.
-¿Qué más?
-Pues que la miró y me la tocó con un dedo y dijo: “¡que dura!”
-Sigue hijo, sigue. ¿qué hiciste tú?
-Pués le quite la mano y le dije que o me enseñaba su “chucho” o me tapaba.
-¿Y qué hizo Eloisa?
-Pues se sujetó el borde de la falda con los dientes y se bajó las bragas.
-Sigue.
-Pues ya no hay más.
-¿Y eso?
-Pues que vimos llegar a Paco y salimos corriendo.
-Muy grave hijo mío, un pecado muy grave. Menos mal que el Ángel de la Guarda te ha evitado un pecado aún mayor. ¿Has acabado?, porque me imagino que habrás acabado, no se pueden cometer más pecados en una semana…
-Pues no, tengo otro.
-¿Otro que?
-Otro pecado… y peor
-Veamos Juanito, peor que el anterior no puede ser.
-Que sí, que es peor.
-Dime
-Me acuso de haber pecado contra el séptimo mandamiento de la Ley de Dios.
-¿Qué ha pasado?
-Pues qué he robado cincuenta pesetas.
-Hombre, eso no se hace. Pero como te digo, no es tan grave como el anterior. Cuéntame cómo ha sido.
-Pues fue el domingo pasado. Cuando terminé de pasar el cestillo en misa vi que alguien había echado un billete de cincuenta pesetas, lo cogí y me lo guardé.
-¡Juan, por Dios. Eso es un dineral! ¿Y qué has hecho con el billete?
-Me lo he gastado donde la tía “Manquilla”.
-¡Mortal, Juan, ese es un pecado mortal!
-¿Ve?, ya le decía yo que era peor.
-¡CALLA, CALLA!, ¿¡Te quedan más pecados!?
-Pues no, ya he acabado.
-¡Eres peor que el maligno! Reza, ¡DE RODILLAS!, diez Padrenuestros, veinte Avemarías, diez Glorias, un Credo y una Salve… Y aunque me cuesta:.. “Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine patris et filii et spiritus sancti”
-Amén

Juliana, la tía “Manquilla” para todo el pueblo, tenía un puesto de chochos, caramelos y cromos que ponía todas las tardes entre la puerta de la iglesia y el Ayuntamiento. También vendía cigarrillos de uno en uno; a los más mozalbetes, a escondidas para que los padres, o algún familiar de estos, no se enteraran de que fumaban.
El mote le venía de un impedimento que tenía en la mano izquierda; no la podía mover con normalidad. Al parecer se había dado un tajo con una hoz segando.
Vestía totalmente de negro y llevaba un  descolorido pañuelo del mismo tono en la cabeza. Nunca la habíamos visto con ropas de otro color.  
Se había quedado viuda y con un hijo siendo muy joven. Ahora debía tener unos setenta años y vivía sola. Su hijo la había abandonado hacía mucho tiempo. Se ganaba pobremente la vida con el puestecito que cada día arrastraba, con mucha dificultad, desde su casa en el arrabal hasta la plaza. Cuando de tarde en tarde, teníamos alguna moneda para gastar, esta acababa, indefectiblemente,  en la faltriquera de la tía “Manquilla”.
Hasta el puesto de caramelos llegó el cura cuando terminó las confesiones.
-Buenas tardes Juliana.
-¿Qué se le ofrece señor cura?
-Pues verá usted. No sé por dónde empezar.
-No se preocupe “usté”, que yo sé lo que viene buscando. Tenga, sus cincuenta pesetas.
-¿Cómo lo sabía?
-Pues porque una ya es vieja y de vieja sabia como el diablo, ¡uy!, “usté” perdone. Y yo sabía que este billete no era de Juanito y que en algún momento alguien vendría a buscarlo. Así que lo guardé y aquí está. Me imagino que lo habrá cogido del cepillo y que será de la iglesia, bueno…  suyo. Tenga, cójalo.
-Perdone usted Juliana. Este Juanito es incorregible, mal camino lleva.
-No señor cura. Está “usté equivocao”. No le regañe. Lo suyo ha sido una buena acción.
-Hija, no es ninguna buena acción robar,
-Depende. ¿Sabe lo que dijo cuando me dio el billete?
-Me lo imagino: “Deme usted cincuenta pesetas de caramelos”.
-No, sus palabras fueron: “Aquí tiene “usté” tia”Manquilla”, cincuenta pesetas. Así podrá quedarse en su casa este invierno y no venir aquí a pasar frío a la plaza”. Ni un caramelo pidió.

Arrodillado, delante del altar, Miguel, el cura, en silencio rezaba: “Padre nuestro que estás en los cielos…”  tenía por delante diez Padrenuestros, veinte Avemarías, diez Glorias, un Credo y una Salve.

Matías Chacón

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RECIÉN NACIDO


Acabo de nacer y ya os habéis deseado, mutuamente, disfrutar de mí durante toda mi existencia; así que ¡apresuraos!, ya sabéis por mis mayores que crezco como una exhalación. Antes de que os deis cuenta se irán adosando, a mi pequeño cuerpecillo, aventuras, ilusiones, deseos -unos cumplidos, otros no- conmemoraciones, risas, lágrimas, algún nacimiento e, inevitablemente, algún tránsito a otros espacios.

El caso es que, como digo, y sin que lo aprecieis, veréis las canas que me han salido después de que mis hermanas, las estaciones, corran a mi lado con la apariencia de ser más veloces que yo.

Iréis viendo cómo, a veces, las rutinas hacen imposible los propósitos de hacerme especial o, cuanto menos, definitivo. Pero no desesperéis, con un poco de esfuerzo y confianza lo conseguireis. Lo que os pido es que no olvidéis el primer deseo que habéis tenido al verme nacer: ver felices a los que a lo largo de mi existencia van a tener la suerte de tropezarse con vosotros y que, también, como vosotros, son únicos.

Así que, cuando llegue el momento de dar paso al que me seguirá esa noche, donde más que celebrar mi final celebraréis otro nacimiento, solo espero que vuestros deseos mutuos se hayan cumplido y que después de mi ocaso me recordéis con una sonrisa cuando de mí habléis.

Durante un año con todos vosotros.

Firmado:

Dos mil diecinueve.

 

Por Matías Chacón

El enigma Navidad


Un evento al que acudí hace un tiempo, me hizo recordar esta breve historia de lo acontecido en mi pueblo hace ya muchos años.

Vivía, cerca de Los Arenales, un lugar apartado de la población, una humilde familia gitana formada por un matrimonio joven y sus tres hijos de entre seis y once años de edad. Las características, poco comunes entre esta etnia que los hacía únicos, era el color de su pelo y ojos: en el clan de los “Paloma” todos eran rubios y con ojos azules.

La madre, la Paloma, era la que daba nombre a la estirpe. Era una mujer de unos treinta y pocos años de edad; de aspecto grave, alta y fuerte. El claro pelo, recogido en un moño, dejaba al descubierto una cara afable y risueña. Siempre rodeada de su prole era la que parecía llevar el control de la familia y la casa.

El Abelardo, el padre, aparentaba algunos años más; no muchos. Espigado, afable y dicharachero, portaba garrota y sombrero, objetos habituales, en aquellos tiempos, entre los de su raza. Evidentemente no se conocía oficio al que “el Belardo” dedicara su tiempo.

Cuando yo les conocí, eran clientes de la tienda de mi padre, llevaban pocos años en el pueblo, aunque la más pequeña, Palomita, ya había nacido en el lugar.

A pesar de las reticencias que los payos tenemos sobre los gitanos, esta familia era muy querida entre los lugareños. Me imagino que su educación, extraña por lo esmerada, era la causante de la buena acogida que los corraleños les habían dispensado.

Aquilino era el mayor de los hermanos. Espigado, como su padre, era el más avispado de ellos. Tal vez porque al ser el primogénito la vida le había hecho espabilar para conseguir lo cotidiano. Aquilino era mi amigo.

Le seguía en edad, aunque no en estatura, Alipio. Un año menor que su hermano y unos centímetros más alto. De aspecto desgarbado y siempre con las mangas y perneras cortas; se notaba que la herencia de los ropajes entre ellos se llevaba a rajatabla; y pensaba yo: “Ya podían comprar la ropa para Alipio y que la heredara Aquilino, así a los dos les quedaría bien”; pero no, la primogenitura en esa casa era un grado.

Y por último: Palomita. Un ángel de niña. Era la que tenía el pelo más claro y los ojos más azules. Tímida y alegre; nunca la vi llorando. Siempre pegada a sus hermanos participando de nuestros juegos.

Fué mi relación con ellos la que me hizo conocer el enigma que da nombre a éste relato.

Al parecer, sus padres querían tener más hijos; pero estos no llegaban. Un día, en una boda, su vieja tía Juana que, según me contó Aquilino, tenía el don de ayudar a conseguir los anhelos de la gente, les había comentado que cuando supieran responder al enigma que ella les diría, su madre se quedaría preñada.

Y así, una tarde de verano, en Los Arenales, en un descanso entre juegos de escondite, un taciturno Aquilino me hizo una confidencia que me dejó intrigado, y preso de mi promesa de que no se lo contaría a nadie, me quedé en la soledad de descubrir cuál sería la respuesta al intrincado interrogante que tenían que adivinar para que su madre cumpliera su deseo de tener otro hijo.

Después de besar tres veces la cruz formada por mi pulgar e índice cruzados, y prometerle por todos los santos y familiares que no le contaría a nadie lo que me dijera, estas fueron las palabras que Aquilino me susurro al oído esa calurosa tarde de verano:

Todo está pero no existe,
lo que existe, aun no estando,
permanecerá;
solo tienes que mirar
para encontrarlo.

Cuando lo encuentres, lo sabrás.
Te descubrirás mirando
lo que existe, aun no estando.
Y al encontrarlo comprenderás
de lo que te estoy hablando

Entonces, volverás pensando
que lo que viste,
aun no estando, está;
y vislumbrarás por qué existe
aún no estando.

Durante más de un mes las extrañas palabras no se apartaban de mi mente; quería ayudar a mi amigo pero no sabía cómo hacerlo. Después, entre las clases y la vendimia terminé por olvidarlas.

En diciembre montamos el belén en el colegio. Era grande y muy bonito, con un niño Jesús rubio y de ojos azules. El Hermano Hilario tenía la experiencia que dan los años para construirlo, era “el maestro de obras”. Participamos todos los alumnos de la clase de tercero. Con sus instrucciones un grupo construía las rocas, el otro fabricaba el río, otro más, el de los “enchufaos”, colocaban las figuritas y, al final se instalaban las luces, que eran patrimonio exclusivo del fraile.

Cuando acabamos, todos los “constructores” nos pusimos alrededor del nacimiento para contemplar la magna obra y asistir al “encendido”. Y entonces ocurrió: al mismo tiempo que las bombillas alumbraron la escena, algo iluminó mi mente y supe cual era la solución al enigma.

Cuando salí del colegio fui corriendo a buscar a mi amigo Aquilino; le expliqué cual era y cómo había adivinado la respuesta  y decidimos ir a ver a la tía Juana para decirle que ya conocíamos la solución del acertijo. Así lo hicimos. La encontramos en el zaguán de su casa, sentada delante de un cubo pelando una gallina. Me pregunté que de quien sería el ave ya que ella no tenía corral.

Cuando nos vió, parecía saber a lo que íbamos, nos sonrió y sin mediar palabra, moviendo afirmativamente la cabeza dijo: “Eso es hijos”.

Al año siguiente, justo el día que montamos el belén en el colegio, nació en su humilde casa, en Los Arenales, Alba, la cuarta hija del matrimonio gitano conocido como los “Paloma”. Evidentemente tenía el pelo rubio y los ojos más azules que nunca jamás se vieron en mi pueblo.

Yo quise pensar que había nacido con mi ayuda. No lo sé. El caso es que cuando, a los pocos días, fui a conocerla me pareció ver que me sonreía.

Y aunque la tía Juana ya no está entre nosotros, te aseguro que si descubres la respuesta al enigma de Navidad verás cumplido tu más intimo deseo. Prueba y verás.

Matías Chacón

El pintor de cruces

   Hace años, a mediados del siglo pasado, en los cementerios no existían los lujosos panteones con lápidas de mármol y granito que en la actualidad adornan esos lugares de descanso eterno.
Las cabeceras de las tumbas estaban adornadas con cruces de madera o de hierro, a las que se les incorporaba una chapa, en donde se escribían los nombres de los finados allí enterrados.
Cuando se acercaba el día de Todos los Santos, las gentes del lugar se encargaban de desbrozar las tumbas y de pintar las cruces de negro que, con el paso de los días, habían perdido la prestancia del año anterior. Evidentemente, al pintar, se tapaban los nombres de los ocupantes de tan silencioso espacio.
Había mucha gente analfabeta y otras muchas sin ganas de escribir con pincel; por este motivo, apareció en el pueblo el “oficio” de Pintor de cruces. Éramos mozalbetes -entre diez y catorce años- que bote de purpurina en una mano y el pincel en ristre en la otra, nos dedicábamos a transcribir en las cruces los nombres que, o bien de forma oral, o bien en un papel, certificaban quien allí estaba descansando.
El trabajo era sencillo. Nos sentábamos, pidiendo permiso, claro, encima de la cabeza de los muertos -figuradamente hablando- y moja que te moja el pincel en la purpurina, íbamos rotulando los nombres de los recordados. La última línea siempre era un R.I.P., que cómo estudiábamos con los frailes sabíamos lo que significaba.
Al principio, eso de sentarte encima de los muertos, pues daba un “no sé qué”; pero después de dos o tres trabajos te acostumbrabas; y, siempre con mucho respeto, sobre todo si era una tumba de gitanos, acomodabas las posaderas en el lugar adecuado.
He de reconocer que algún atardecer tardío me he esmerado menos en las formas de lo escrito, y hasta alguna errata se ha escapado; pero es a lo único a lo que no he perdido el miedo: la noche en los cementerios.
Este año, el día de Todos los Santos, recordé el primer empleo, pagado, que tuve con diez años y, tal vez la musa “nostalgia”, hizo que aparecieran estos versos que os dedico.

 

EL PINTOR DE CRUCES

Me voy a ver las cruces,
que antaño pintaba
con nombres de gentes
que allí enterraban.

“Ven aquí Matitas,
pon ahí a mi padre,
lo tengo enterrao
junto con mi madre.

Haz letra bonita,
qué tú escribir sabes,
yo no tuve suerte,
no me enseñó naide”

Y al frente, en la cruz,
pincel en la mano,
escribo los nombres
de esos dos cristianos.

“Son cuatro pesetas
señora Paloma,
dos por cada nombre,
el RIP es de gorra”,

“Que buen pintor eres,
toma cinco hijo,
que escribes muy bien,
lo haces muy fino”,

Y otra voz me llama:
“Ven aquí Matitas.
Pon su nombre ahí
por dos pesetitas”

 

Matías Chacón

Día de Todos los Santos/18

Aprehendemos

Este año tengo el honor de dirigir el taller de literatura en el que participo.

Como novedad he creado el panfleto “Aprehendemos” que semanalmente propiciará el conocimiento de un tema relacionado con nuestra afición de escribir.

Para aquellos que lo vean muy elemental, les ruego disculpas, y si a alguno le sirve bien, pues eso, estupendo.

Ahí va el primero:

 

La savia de El Bosque

APREHENDEMOS

11/10/18

 

Cuando escribimos un relato, existen distintas formas de desarrollar el hilo de la narración.

En líneas generales, y en función de cómo relatamos el acontecer de la historia, son:

 

“Ad ovo, in media res e in extremis res”

“Ab ovo es una locución de uso actual que significa literalmente “desde el huevo”. Es una expresión tomada del poeta Horacio en que alude al huevo de Leda del que nació Helena. Equivale, por tanto, a “desde el origen más remoto”.

Pero hay también en Horacio otra formulación distinta y más amplia: ab ovo usque ad mala, esto es, “desde el huevo hasta las manzanas”, con el sentido de “desde el comienzo hasta el final de la comida”, según el orden habitual de los platos en una comida romana. Indicaría, por lo tanto, “desde el principio hasta el fin”.

Gramaticalmente, la expresión está formada por la preposición ab y el ablativo de ovum, -i (huevo).

La expresión se usa también en narratología para referirse a una de las tres posibilidades de ordenar la narración de los hechos: Ab ovo indicaría que la historia se desarrolla desde su inicio, siguiéndose un orden cronológico (las otras dos posibilidades son: in medias res (en medio de las cosas) -la narración empieza en medio de los hechos, pudiéndose hacer una rememoración o vuelta atrás-; e in extremis res -la narración comienza por el desenlace)”

 

De Wikipedia. Los enlaces son a Wikipedia

 

Matías Chacón

EL BOTÓN DEL PLACER Y LA PALANCA QUE LO OTORGA

CAPÍTULO I

Aquel de 1387 había sido un mal año. En marzo las avenidas habían inundado los campos verdes y crecidos y arrasado lo que debía convertirse en el sustento de cientos de familias. A pesar de que en tres ocasiones se habían procesionado rogativas a San Lucio, patrón del pueblo, éste se había hecho el sordo y no intercedió ante el Santísimo para que dejara de enviar tanta cantidad de agua que, al final, arrasó los sembrados; solo se salvaron los campos de trigo y centeno de unas cuantas fanegas que, situadas en lomas y altozanos, pertenecían a los frailes del convento de San Atanasio.
Por eso, cuando en agosto, el hambre y la necesidad hicieron su aparición, los ojos de los pueblerinos se giraron hacia los muros de los del sayo, sabedores de que la caridad que predicaban estos, haría su aparición para socorrerlos, tal y como en otras ocasiones había sucedido.

****

Sotero sabía que si no llegaba a tiempo a los rezos de maitines, el padre Quincoces, como encargado de la disciplina de los novicios, además de otros castigos, le infringiría el peor: le haría extender la basura de las gallinas en las plantas de los tomates tardíos. En su latín de iglesia, cuando le castigaba, relataba: “reddidit gallina dat paradisum” (la gallina devuelve lo que la tierra le da); y era verdad, las plantas abonadas con los excrementos de estas aves producían los frutos más grandes y jugosos de toda la huerta. Sacudió la cabeza apartando los asquerosos olores de sus recuerdos y aceleró la carrera hacia la iglesia en donde empezaban a oírse los “ora pro nobis” de las letanías.
La verdad es que no le importaba que “La acémila“ -así llamaban a su maestro- le castigara por su tardanza en incorporarse a los rezos; el motivo había merecido la pena.
Todo empezó hacía una semana, cuando el Prior recibió a unos cuantos agricultores que llegaron a solicitar caridad con el ánimo de aplacar el hambre que ya se había apoderado de las gentes del pueblo. Se habían reunido en la galería del patio, en la puerta de la sacristía, en dónde él, en ese momento, se esforzaba en sacar brillo a un candelabro con un trapo y la fina arena que guardaban para ese fin. Como su educación exigía, había parado su labor para no importunar las conversaciones y con la cabeza agachada y en actitud humilde esperaba a que estas terminaran. Y entonces la vió.
Con Jimeno, el labrador que también hacía las veces de herrero, había llegado su hija, una espigada y dulce muchacha de cabellos largos y rizados que caían sobre sus desnudos hombros, enmarcando una cara que, aunque tostada por el sol, se adivinaba tersa y aterciopelada. La donosura y recato con que movía sus ojos hicieron que Sotero quedara inmediatamente prendado de ella.
No podía apartar los ojos de esos labios carnosos que, esbozando una tenue sonrisa, la hacía parecer pícara y desenvuelta. Bajo su raído hábito notó cómo se iniciaba una fuerte erección. Avergonzado por lo que le ocurría, adelantó las manos, ocultas bajo el mandil, para ahuecar el sayo y evitar que apareciera un bulto que mostrara el porqué de su sofoco.
En esas estaba cuando sus ojos se cruzaron con los de Jimena, -así la había nombrado su padre- y la abierta sonrisa que le dirigía hacía evidente que ella se había percatado de lo que le ocurría. Rojo como un tomate, ahuecó aún más la tela tratando de ocultar lo que ya no podía: el diablo, su diablo, había venido a visitarlo.
Sotero, aunque con la cabeza agachada, no dejaba de admirar la figura de la muchacha. Los enhiestos senos que aparecían turgentes bajo una tenue camisa, adornada con bordados con hilos de colores, mostraban las protuberancias de unos pezones que imaginaba duros y aureolados. El demonio se hizo más duro y evidente.
Cuando la comitiva de pueblerinos se marchó, no pudo evitar esconderse para castigar al gran cabrón y hacerle llorar. Se quedaba más tranquilo cuando su diablo lloraba; después, siempre se marchaba y le dejaba en paz. No fue el caso; en esta ocasión el recuerdo de los hombros desnudos de Jimena seguían animando al maligno y éste se resistía a marcharse por lo que tuvo que volver a castigarle y hacerle llorar otra vez. Esta vez, pareció suficiente y Belcebú, derrotado, dejó de importunarle. Le preocupó que el cornudo se estuviera haciendo fuerte. Tendría que pensar sobre ello.
A la mañana siguiente, mientras espulgaba la huerta de babosas y caracoles oyó como fray Niceto, el encargado de la despensa, le llamaba:
─ ¡Sotero, Soteroo!
Llegó hasta el monje.
─ Ave María Purísima; mande fray Niceto.
─ Sin pecado concebida. Deja todo lo que estés haciendo, unce el borrico al carro y llévalo delante de la cocina. Te vienes conmigo al pueblo.
El novicio, alborozado por lo que suponía dejar la rutina diaria y la posibilidad de volver a ver a Jimena, salió corriendo hacia la cuadra donde una pareja de asnos, enganchados al pesebre, mordisqueaban la paja que de mañana él mismo les había procurado. En sus diecisiete años de edad solamente había bajado al pueblo en dos ocasiones; la última hacía ya varios años.
Cuando tuvo el carruaje delante de la cocina fray Niceto le ordenó:
─ Pon esos tres costales en el carro y sube que nos vamos.
Ya de camino al pueblo el fraile, orondo y con fama de instruido y poco discreto, le fue contando el porqué del viaje.
─Mira Sotero: la Divina Providencia en su infinita sabiduría nos ha puesto a nosotros en el camino de los desamparados para que seamos los que distribuyamos la Santa Caridad que el Altísimo provee. Así que el Prior me ha encargado que acerquemos estos costales de centeno hasta el pueblo, para que nuestros feligreses puedan mitigar el hambre que, por sus pecados, les ha traído el diablo.
Cuando Sotero oyó nombrar al maligno se santiguó rápidamente para evitar que los malos pensamientos se apoderaran de él.
Fray Niceto siguió con su discurso aleccionador:
─Nosotros, Sotero, somos afortunados, ya que al haber elegido una vida de oración y trabajo tras los muros del convento, estamos a salvo de los peligros del pecado. Aún así, mantente alerta ya que el diablo aprovechará cualquier debilidad tuya para apoderarse de tu alma. Por eso, usa del cilicio y la oración constante como compañeros de una vida en santidad.
A punto estuvo el zagal de contarle los repetidos ataques que el diablo le había inferido después de la visión de la dulce Jimena; pero algo en su interior le decía que cuanto menos se supiera de su relación con el malo, mejor. Así que calló y siguió escuchando.
Niceto, sentado en una vara del carro, continuó:
─Como bien sabes, Dios por mediación de Su Hijo nos dijo: “Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados” y es obligación de nuestra orden consolar a los que lloran para cumplir con los mandamientos del Señor. Así que labor de buen cristiano es ayudar a los afligidos para que tengamos un lugar al lado de los ángeles en el cielo.
Entre estas recomendaciones y otras de igual cariz, llegaron al pueblo y se encaminaron a la casa de Jimeno. Sotero ansiaba volver a ver a la muchacha que le procuraba sus desvelos.

Continuará…

Siguiente capítulo: De lo que aconteció a Sotero y Jimena por jugar con el diablo

Un hueco en mi biblioteca

 

Acontece que cuando una amiga se asoma al escalón del éxito, ese día, en su compañía, la cerveza fresquita sabe mejor. Es lo que ocurrió la calurosa tarde del viernes en mi pueblo.

Yo sostengo que: “El lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” es precisamente la muy noble y leal villa de mi nacimiento; y algo debe haber en ese ambiente toledano cuando, de tarde en tarde, aparece por allí algún foráneo rico en historias y palabras y que utiliza esos lares para dejar testimonio de su buen hacer.

No pretendo colocar a la protagonista de este escrito a la altura del insigne manco -Dios me libre- solo quiero significar que “algo debe tener el agua cuando la bendicen” y que alguna musa suelta debe habitar por aquellos caminos que, de vez en cuando, se divierte transportando, de mil maneras distintas, a esa tierra seca a escribidores de historias y poesías.

Antaño debieron juntarse -tal vez en torno a su padre, Zeus- las nueve musas, ya que solamente con ese agrupamiento, se entiende que un solo hombre -los dioses lo tengan en su gloria- fuera capaz de escribir el mejor y mayor cuento de toda la historia. Pero se me ocurre que, al menos, Erato se ha aposentado nuevamente en lo alto del Cerro El Gollino y que desde allí nos ha hecho llegar, de la mano de una forastera, la buena poesía que la musa ampara.

Al igual que el primero, el “Manco”, conoció esos lugares por trabajo y más tarde por matrimonio, nuestra protagonista, trabaja por aquellos lugares y por alli “mesmo” disfruta del matrimonio. Curiosa coincidencia que, para mí, es obra de la pillería de la alegre y bella hija de Mnemósine..

Como Francisco de Robles hiciera con el de Lepanto, Antonio, el editor que ha amparado en esta aventura a mi, ya paisana por adopción, se encargó de presentar el objeto estrella de ese evento y que no era otro que: un libro. Libro que la autora ha intitulado: UN ALFABETO PARA AMARSE..

Los que ya conocemos parte de su vasta obra a través de los medios de hoy en día, sabemos de su buen hacer. Sabemos del sentimiento que provocan sus versos; de la buena construcción de sus metáforas; de cómo expone el corazón, de su espíritu de trabajo; y cuando la lees, además de no dejarte indiferente, piensas que te gustaria ser el protagonista de alguna de esas bellas historias que se adivinan entre líneas y que, insinuadas, se entiende que alguien las provoca.

Felicidades querida Pilar por dejar para la historia un trocito de tu forma de ser.

Y volviendo al principio; ese objeto sólido ha llenado un hueco en mi biblioteca. Quedan más.

 

Matías Chacón